Comunicación asertiva: cuando sentimos más de lo que sabemos decir

Hay conversaciones que terminan mucho después de que dejamos de hablar

Nos vamos a casa, cerramos una reunión, terminamos una llamada o apagamos la cámara y, de repente, aparece esa frase:

“Eso era lo que quería decir.”

A veces encontramos las palabras cuando la oportunidad ya pasó. Otras veces las teníamos, pero decidimos callarlas. También ocurre que decimos algo distinto a lo que realmente queríamos expresar porque el miedo, la incomodidad, la jerarquía, la presión o simplemente la velocidad del momento se interpusieron.

Y aun así, comunicamos.

Porque comunicar no consiste únicamente en hablar. Nuestro silencio, una respuesta evasiva, el tono, una mirada, la manera de reaccionar o aquello que decidimos no preguntar también pueden ser interpretados por quien tenemos delante.

Ahí comienza una conversación que me interesa especialmente: la comunicación asertiva.

La comunicación también puede cambiar el rumbo de una situación

Mientras leía una newsletter de Diplomacia Activa, volví a pensar en algo que aprendí durante mis años vinculada a los asuntos públicos e internacionales: en escenarios de tensión, la forma en que se construye un mensaje importa tanto como la necesidad de transmitirlo.

En diplomacia, una palabra puede necesitar horas de discusión.

Un término, un silencio, el orden de una declaración, a borradores de acuerdos de compromisos o el momento escogido para comunicarla, pueden modificar la interpretación del interlocutor.

Existe un ejemplo histórico que siempre me resulta interesante: después de la crisis de los misiles de Cuba, Washington y Moscú establecieron en 1963 un canal directo de comunicación. Su existencia respondía a una necesidad muy concreta: reducir los riesgos derivados de retrasos, interpretaciones equivocadas y fallos de comunicación entre dos potencias capaces de tomar decisiones con consecuencias enormes.

Por supuesto, nuestra conversación pendiente con un jefe, un cliente, nuestra pareja o un compañero no tiene la dimensión de una crisis internacional.

Pero el principio me interesa.

Cuando una conversación importa, improvisarlo todo tiene un coste.

Y quizá por eso deberíamos empezar a mirar nuestras conversaciones cotidianas con un poco más de atención.

¿Qué es realmente la comunicación asertiva?

La comunicación asertiva es la capacidad de expresar lo que pensamos, sentimos, necesitamos o queremos de una manera clara y respetuosa, teniendo también en cuenta a la persona que tenemos delante y el contexto en el que ocurre la conversación.

No significa tener siempre la respuesta perfecta.

Tampoco implica decir absolutamente todo lo que pensamos.

Significa desarrollar la capacidad de decidir qué necesitamos comunicar, cómo queremos hacerlo, a quién se lo estamos diciendo y qué queremos conseguir con esa conversación.

Y aquí aparece algo que cada vez me interesa más: el contexto.

No hablamos igual en una entrevista que con un amigo. No presentamos una propuesta de la misma manera ante un cliente que ante nuestro equipo. Una conversación intercultural puede requerir códigos diferentes. Una negociación exige preparación. Una conversación difícil puede necesitar incluso escoger cuidadosamente el momento.

Comunicar también implica leer el escenario.

7 señales de que quizá necesitas revisar cómo te estás comunicando

No hace falta ser una persona tímida ni tener miedo de hablar en público para experimentar dificultades al comunicar.

A veces las señales aparecen en situaciones mucho más pequeñas.

1. Guardas silencio aunque tienes algo importante que decir

Sabes que deberías intervenir.

Tienes una opinión, una pregunta o una propuesta, pero decides no expresarla.

Después, la conversación termina y empiezas a reconstruir mentalmente todo lo que podrías haber dicho.

2. Evitas conversaciones que sabes que necesitas tener

Pospones pedir algo, establecer una expectativa, aclarar un malentendido o abordar un problema porque anticipas la incomodidad que puede producir.

El asunto no desaparece.

Solo permanece pendiente.

3. Utilizas el sarcasmo para expresar algo que podrías decir directamente

A veces una broma transporta una petición, una molestia o incluso un límite que no hemos sabido formular de otra manera.

El problema aparece cuando esperamos que el otro descifre correctamente lo que quisimos comunicar.

4. Utilizas generalizaciones

“Siempre haces lo mismo.”

“Nunca me escuchas.”

“Todo termina igual.”

Cuando una conversación se llena de absolutos, resulta más difícil hablar del comportamiento o de la situación concreta que necesitamos resolver.

5. Te defiendes antes de comprender

Mientras la otra persona habla, ya estamos preparando nuestra respuesta.

Escuchamos para contestar.

Y en esa velocidad podemos perder información importante: qué está intentando decir realmente la otra persona, qué necesita o incluso qué hemos interpretado nosotros antes de preguntar.

6. Dices sí cuando querías decir no

Aceptas una tarea, una petición, una invitación o una responsabilidad mientras internamente sabes que querías responder de otra manera.

Después aparece la frustración.

Aprender cómo decir no también forma parte de una comunicación asertiva y de la capacidad de establecer límites.

7. Interpretas antes de preguntar

Una frase llega.

Construimos una explicación.

Le atribuimos una intención.

Y reaccionamos ante nuestra interpretación antes de comprobar si realmente entendimos lo que la otra persona quiso decir.

Una pregunta sencilla puede evitar conversaciones enteras construidas sobre una suposición.

¿Por qué nos cuesta decir lo que realmente queremos decir?

Porque comunicar ocurre en tiempo real.

Mientras hablamos, nuestro cerebro procesa información, emociones, jerarquías, expectativas, experiencias anteriores y posibles consecuencias.

En una entrevista queremos causar una buena impresión.

En una negociación queremos proteger nuestros intereses.

En una presentación queremos recordar lo que hemos preparado.

En una conversación difícil queremos expresar algo sin deteriorar la relación.

Y en ocasiones todo eso sucede al mismo tiempo.

Por eso me interesa cuestionar la idea de que una buena comunicación depende únicamente de “tener facilidad de palabra”.

Comunicar también se prepara.

Antes de una conversación importante podemos preguntarnos:

¿Qué quiero que la otra persona comprenda?

¿Qué necesito decir con claridad?

¿Qué conozco de mi interlocutor y de su contexto?

¿Qué preguntas necesito hacer antes de asumir?

¿Cuál sería un buen resultado de esta conversación?

No necesitamos escribir un guion para cada interacción humana.

Necesitamos desarrollar criterio para reconocer cuáles conversaciones merecen preparación.

Ser concreto también se entrena

Hay otro problema frecuente: sabemos mucho sobre aquello que queremos explicar y precisamente por eso nos cuesta sintetizarlo.

Queremos contextualizar.

Explicar.

Justificar.

Añadir antecedentes.

Y cuando terminamos, la idea principal puede haberse perdido.

Una herramienta sencilla consiste en preguntarnos antes de hablar:

Si la otra persona solo pudiera recordar una idea de todo lo que voy a decir, ¿cuál debería ser?

Esa respuesta puede convertirse en nuestro punto de partida.

Después añadimos únicamente la información necesaria para sostenerla.

La concreción no consiste en hablar poco por obligación.

Consiste en conseguir que lo importante sea reconocible.

Cuando las palabras llegan después

Quizá una de las experiencias más humanas de la comunicación sea encontrar la respuesta perfecta cuando ya estamos solos.

“Debí decir esto.”

“Tenía que haber preguntado aquello.”

“Eso era lo que realmente quería explicar.”

Me interesa especialmente ese momento porque deja una pista.

La frase que apareció después puede mostrarnos qué necesitábamos comunicar y no conseguimos expresar en ese instante.

En lugar de utilizarla únicamente para reprocharnos lo ocurrido, podemos convertirla en información para la próxima conversación.

¿Qué me bloqueó?

¿Qué estaba intentando proteger?

¿Qué necesitaba decir?

¿Qué habría cambiado si hubiese llegado mejor preparado?

¿Qué puedo hacer diferente la próxima vez?

Ahí la experiencia deja de ser únicamente una conversación incómoda y se convierte en aprendizaje.

La comunicación que construimos también deja huella

Cada conversación va construyendo una percepción.

En nuestro trabajo.

En nuestras relaciones.

En una entrevista.

Frente a un cliente.

Cuando presentamos una idea.

Cuando negociamos.

Cuando defendemos una propuesta.

Incluso cuando decidimos permanecer en silencio.

Por eso aprender cómo mejorar nuestra comunicación va mucho más allá de hablar bonito o perder el miedo a una cámara.

Implica observarnos, escuchar, investigar, preguntar, ordenar nuestras ideas, comprender el contexto y aprender a elegir nuestras palabras con mayor intención.

Y quizá el primer ejercicio pueda empezar con una conversación que ya ocurrió.

Piensa en una situación reciente en la que terminaste pensando:

“Eso era lo que quería decir.”

Ahora pregúntate:

¿Qué dijiste?

¿Qué querías decir realmente?

¿Qué te impidió hacerlo?

Y, sobre todo:

si esa conversación volviera a ocurrir mañana, ¿cómo te prepararías para responder diferente?

Puede que ahí tengas mucho más que una respuesta pendiente.

Puede que tengas una herramienta para tu próxima conversación.

Para seguir expandiendo tu criterio…

¿Qué conversación te gustaría repetir para poder decir lo que realmente querías decir?

Muy pronto en America Latina y del Caribe, el libro: Tu éxito desde el lienzo: El mundo que ves vs. el mundo que es.

Alejandra Barroeta

Autora del libro: Tu éxito desde el lienzo y Consultora Internacional en Comunicación Asertiva, Negociaciones y Reinvención Personal

🔗 LinkedIn: Alejandra Barroeta
📷 Instagram: @alejandrabarroetaex

Puedes adquirir el libro en: www.alejandrabarroeta.com

«Ver con nuevos ojos, transitar con certeza»

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